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EXPOSICIONES TEMPORALES

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"CHINGUETTI" DE MAR SÁEZ

12/11/2008 - 18/12/2008
Producciones Propias

Exposición temporal de Mar Saéz (Murcia, 1983) licenciada en Psicología y en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valencia. Mar Sáez Visitó Chinguetti, la séptima Ciudad Santa del Islam, el pasado mes de marzo. En este bello territorio de Mauritania realizó una interesante labor de investigación periodística que ahora da su fruto en esta exposición de 30 fotografías.

A veces miramos y no vemos nada. Otras veces miramos y, aunque creemos ver, lo que vemos no nos devuelve la mirada. En ninguno de estos casos establecemos una comunicación visual con el otro. Miramos, percibimos algo, pero no vemos. Sólo cuando lo que vemos devuelve nuestra mirada, cuando en el otro encontramos unos ojos que nos miran, podemos decir realmente que completamos el ciclo de la visión. Es entonces cuando se puede afirmar, como señala Georges Didi-Huberman, que "lo que vemos es siempre aquello que nos mira". De alguna manera, y en este texto trataré de explicar el porqué, las fotografías que Mar Sáez ha realizado sobre Chinguetti siguen esa máxima de buscar en el otro algo que nos devuelva la mirada, son producidas por un ojo que realmente ve, un ojo que entiende el acto de ver como un acto de reflexión y acercamiento.

Si uno lo piensa bien, por lo general, la mirada siempre ha estado relacionada con la lejanía. La visión, igual que el oído, en contraposición al tacto o a otros sentidos como el gusto o el olfato, se ha vinculado con aquello que se pone a cierta distancia. De hecho, a veces seguimos diciendo que necesitamos distancia para ver con claridad. Eso es lo que les ocurría, por mencionar un ejemplo, a los espectadores de los primeros cuadros impresionistas, que no entendían nada si no se alejaban para poder ver.

Esta necesidad de distancia para ver con claridad, que Maurice Blanchot llamó la "medida de la visión", ha hecho que nuestra relación visual con las cosas sea siempre una relación de separación. Mirar es, entonces, imponer una cierta distancia para poder ver las cosas. Partiendo de esto he escrito en más de un lugar que la mirada de los medios de comunicación (nuestro paradigma hegemónica de visión) aleja aquello que ve. Las imágenes de los otros se alejan para que podamos verlas con claridad. Y esa mirada alejada es, al mismo tiempo, la mirada desafectada del curioso o del mirón, de aquel que obseva por el ojo de una cerradura una escena que ocurre en otro lugar. Es lo que sucede con el voyeur, que no se implica con la realidad que contempla, ya que no pertenece a ella.

Desde el nacimiento de la fotografía, el fotógrafo ha tenido mucho que ver con este voyeur, posicionado detrás de la cámara, sin que los acontecimientos le afecten en modo alguno. En este sentido, algunos teóricos han entendido la cámara fotográfica como el trasunto del ojo de la cerradura, un lugar tras el cual se oculta el fotógrafo, completamente a salvo del mundo que fotografía.

Los fotógrafos de guerra, los reporteros o aquellos que median entre las imágenes y los demás, pretenden en todo momento la objetividad. Y es esa objetividad neutral la que los acerca precisamente al voyeur, que objetualiza al otro precisamente porque no pertenece a su mundo, sino a una realidad que está más allá de la puerta de su habitación.

La fotografía tradicional de viajes, a la búsqueda siempre de una supuesta objetividad, intentaba mostrar "las cosas como son", como si el fotógrafo no existiese, como si realmente el fotógrafo nunca hubiese estado allí. Esta ilusión de la no presencia hacía que la mirada del otro fuese una mirada vacía, una mirada hacia una ausencia, una mirada que no comunicaba, sino que de algún modo estaba ensimismada y absorta en una realidad a la que se imposibilitaba cualquier vía de acceso.

La obra fotográfica de Mar Sáez parece haber aprendido la lección de esa historia de la fotografía que apenas hemos esbozado aquí. Sus fotografías parten de la constatación de que el fotógrafo tiene un cuerpo y una presencia, que es alguien que está allí, detrás de la cámara inerte, afectado por los acontecimientos y en constante relación con aquellos que tiene frente a sí. Es quizás por esta razón que la mirada de los habitantes de Chinguetti sea en todo momento una mirada atenta y comunicadora., la mirada de aquel que devuelve una mirada previa y la emplaza a un diálogo. Los rostros que nos encontramos no miran a la cámara, sino a los ojos de la fotógrafa. La cámara no es, pues, una herramienta de objetualización, sino un instrumento de fijación de una conversación.

De algún modo, la autora consigue acercar aquello que está alejado. Como una huella. Como una huella en el sentido que el término tiene para Walter Benjamin, como lo opuesto al aura, que aleja lo cercano. La huella, al contrario del aura, sería aquella cosa que rememora y atrae lo que está en otro lugar o en otro tiempo. En ese sentido, las fotografías de Chinguetti cumplen a la perfección esa vinculación con la huella, pues llevan cerca de nosotros una realidad que ocupa otro lugar. Pero no lo hacen a través de la perpetuación de la distancia, sino introduciendo e inscribiendo "lo otro", en la cercanía, pues las imágenes nos tocan directamente. El otro entra en nuestro espacio de vida. Y si puede hacerlo es justamente porque no es totalmente un otro, porque Mar Sáez ha roto la barrera de la alteridad absoluta, porque ha roto la distancia, y ha concebido en todo momento al otro  como un nos-otros, como un yo posible, como un yo compartido.

Sáez trabaja con imágenes "tangibles", corporales, llenas de profundidad. Uno tiene la sensación que no está ante imágenes, sino que tras ellas está el cuerpo, que en las imágenes se intenta mostrar la complejidad del sujeto. Quizá aquí vienen bien la observación que recientemente ha hecho Jacques Rancière al hablar de la saturación de imágenes a la que se enfrenta el sujeto contemporáneo: "no es que veamos demasiados cuerpos que sufren, sino que vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos que no nos devuelven la mirada que les dirijimos, de los que se habla sin que se les ofrezca la posibilidad de hablarnos". Frente a esas imágenes sin posibilidad de decir nada, los rostros de Chinguetti inician una conversación, nos interrogan, nos hablan con los ojos y,  como un espejo, nos devuelven la mirada.

Esto es, sin lugar a dudas, lo que más llama la atención de la exposición, algo que, por decirlo con las palabras de Jacques Derrida, podríamos llamar "el derecho de mirada". Mar Sáez confiere a sus retratos el poder de la mirada, como si  se quisiera invertir el ser mirado, el ser objeto, en ser sujeto. Se trataría de una suerte de resubjetivicización: al otorgarles el poder de la mirada, nos muestran el camino hacia su profundidad. Una profundidad que no es, sin embargo, del todo comprensible y traducible a nuestro lenguaje. Lo que nos dicen esos ojos no está claro. Hay una indecibilidad consultancial a las miradas. No todo puede ser dicho ni comunicado.

Entre los personajes y la mirada de la fotógrafa se puede entrever una relación que no es de "compasión a distancia", sino de habitación de un mismo mundo. Las imágenes son nuestros prójimos. No se alejan con el exotismo, sin oque se advierten cercanas. Este es quizás el mayor logro de Mar Sáez, que no cae en el exotismo y el preciosismo ni el catastrofismo de la pobreza. Es capaz de ver la belleza donde no aparece a primera vista, apreciar la precariedad donde otros verían la belleza del salvaje. Y esto es así porque el otro, en todo momento, es entendido como un otro complejo. No es el otro radical que ha estado en el imaginario artístico prácticamente desde finales del siglo  XIX. Si algo queda claro de la fotografía de Mar Sáez es que el otro ya no tal otro. Y es que el otro nos interroga, nos ponde en una situación de cierta incomodidad. Y esa incomodidad es, precisamente, la que nos conmueve. Porque sabemos que ante nosotros hay un sujeto complejo. La autora parece tener claro que la verdad está siempre en las medias tintas. Esos niños que son felices sin nada, son realmente felices. Hay una belleza en ese modo de vida. Pero también una precariedad a la que damos la espalda. Una precariedad que nos interroga en cada una de las miradas. Una precariedad de la que, de un modo u otro, somos responsables.

 Miguel Ángel Hernández-Navarro

 

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